Cuba tejió una red de espías en Washington

Un informe de EE.UU. acusa a La Habana de infiltrar durante décadas el Pentágono, el Departamento de Estado y la Casa Blanca.

La confrontación entre Cuba y Estados Unidos no se habría librado solamente con discursos, sanciones económicas o amenazas militares. Según un nuevo reporte del Departamento de Estado, La Habana desarrolló durante décadas una sofisticada estrategia de espionaje que logró penetrar algunas de las instituciones más sensibles del poder estadounidense.

El documento, titulado Cuba: The Capital of 21st Century Communism, sostiene que la Dirección de Inteligencia cubana perfeccionó una fórmula paciente: reclutar jóvenes ideológicamente comprometidos, ayudarlos a construir carreras profesionales y esperar durante años hasta que alcanzaran posiciones con acceso a información reservada.

La guerra, bajo esa lógica, no requería tanques entrando en Washington. Bastaban una beca universitaria, una identidad política convincente, credenciales impecables y la capacidad de permanecer en silencio durante varias décadas.

Uno de los casos centrales es el de Víctor Manuel Rocha, exembajador estadounidense en Bolivia y antiguo funcionario del Consejo de Seguridad Nacional. Rocha se declaró culpable en 2024 de actuar durante décadas como agente de Cuba y fue condenado a 15 años de prisión. Antes de ser descubierto, ocupó cargos diplomáticos y de seguridad relacionados directamente con América Latina.

El reporte afirma que Rocha fue reclutado en 1973 y construyó deliberadamente la imagen pública de un hombre conservador para ocultar su lealtad al gobierno cubano. Esa máscara le permitió circular por los salones del poder sin levantar sospechas mientras Washington le confiaba información estratégica.

Otro expediente es el de Ana Belén Montes, quien llegó a convertirse en la principal analista sobre Cuba de la Agencia de Inteligencia de la Defensa. Desde esa posición asesoró a mandos militares, al Consejo de Seguridad Nacional y a funcionarios encargados de evaluar las capacidades cubanas.

Montes admitió haber revelado la identidad de agentes encubiertos y entregado información clasificada a La Habana. El documento sostiene que también comprometió datos sobre instalaciones militares y programas de inteligencia relacionados con Rusia, China e Irán. Su historia demuestra hasta dónde podía llegar un agente que no buscaba dinero, sino servir a una causa política.

Esa característica es presentada como una de las principales fortalezas del espionaje cubano. A diferencia de otros servicios que compran informantes, La Habana habría privilegiado a los “verdaderos creyentes”: personas motivadas por convicciones ideológicas, sin depósitos sospechosos, mansiones repentinas ni cuentas bancarias capaces de encender las alarmas.

Por ello, las universidades estadounidenses aparecen en el informe como terreno de reclutamiento. El documento señala que instituciones cubanas mantenían acuerdos de intercambio con cerca de 80 universidades de Estados Unidos y sostiene que esos vínculos podían ser utilizados para identificar estudiantes que posteriormente ocuparan cargos políticos, académicos o gubernamentales.

El reporte también recupera la llamada Red Avispa, desmantelada en 1998, cuyos integrantes se infiltraron en organizaciones del exilio cubano y recopilaron información sobre instalaciones militares estadounidenses. Uno de sus objetivos habría sido observar movimientos aéreos y operaciones vinculadas al Comando Sur.

La acusación de Washington es directa: Cuba habría convertido la paciencia en un arma estratégica. Mientras la isla aparecía ante el mundo como un país económicamente debilitado, su aparato de inteligencia habría logrado algo que pocos ejércitos consiguen: sentarse dentro de las oficinas donde el enemigo redactaba sus propios informes secretos.